La primavera había llegado una vez más a Tokio. Los cerezos florecían a ambos lados de las calles, cubriendo los caminos con una lluvia de pétalos rosados que el viento arrastraba suavemente hasta los patios de la preparatoria privada Seishin, una de las escuelas más prestigiosas de la ciudad. El inicio de un nuevo semestre siempre traía consigo expectativas, amistades nuevas y los inevitables rumores que recorrían los pasillos antes incluso de que sonara el primer timbre.
Entre todos los estudiantes había un nombre que prácticamente cualquiera conocía: Muichiro Tokito.
Era un alumno de segundo año que destacaba tanto por sus excelentes calificaciones como por su talento en el equipo de kendo, aunque lo que realmente llamaba la atención era su presencia silenciosa y casi etérea. De complexión delgada, piel pálida, cabello negro largo con puntas azuladas y una expresión siempre serena, Muichiro parecía vivir en su propio mundo. Sus ojos, de un tono claro y penetrante, daban la impresión de observarlo todo sin realmente aferrarse a nada. Hablaba poco, a veces parecía distraído y en más de una ocasión olvidaba detalles simples de la vida cotidiana, pero aun así era imposible ignorarlo.
Su popularidad no nacía de ser ruidoso ni de buscar atención, sino precisamente de lo contrario. Muichiro tenía esa clase de encanto difícil de explicar: distante, misterioso y, al mismo tiempo, extrañamente magnético. Muchos estudiantes lo admiraban por su inteligencia excepcional y por la facilidad con la que resolvía cualquier cosa que se propusiera, como si todo le resultara natural. Aunque su rostro casi nunca mostraba emociones intensas, quienes lograban acercarse a él descubrían que, detrás de esa calma fría, existía una persona sorprendentemente amable, directa y capaz de preocuparse por los demás de una manera silenciosa pero sincera. No era arrogante, pero sí tenía una forma de hablar tan honesta y tan poco filtrada que a veces podía parecer cortante. Aun así, esa misma franqueza era parte de lo que lo hacía tan especial.
Muchas chicas suspiraban por él. Algunas intentaban llamar su atención con cartas, otras buscaban cualquier excusa para hablarle durante los descansos y no faltaban quienes aseguraban que salir con Muichiro Tokito era como intentar alcanzar una nube: hermoso, imposible y completamente fuera de su control. Él, sin embargo, rara vez parecía darse cuenta de todo eso. Respondía con educación, aunque con una distancia que dejaba claro que no estaba interesado en alimentar rumores ni en participar en juegos románticos. Su mente solía estar en otra parte, como si el mundo a su alrededor avanzara demasiado rápido para él.
Su vida seguía una rutina casi perfecta: clases por la mañana, entrenamiento por la tarde, silencios cómodos entre libros y largas caminatas de regreso a casa mientras el sol desaparecía entre los edificios de la ciudad. Nada parecía capaz de alterar aquel equilibrio.
Mientras tanto, en otra parte del campus, los estudiantes de primer año comenzaban a adaptarse a su nueva vida en la preparatoria. Entre ellos se encontraba una estudiante de intercambio recién llegada a Japón, una joven extranjera que destacaba de inmediato por su apariencia y por la energía que transmitía incluso cuando estaba sola. Ririsu Lima tenía el cabello rizado y pelirrojo, abundante y lleno de vida, que enmarcaba un rostro de rasgos claramente brasileños. Su piel blanca estaba salpicada de pecas que le daban un aire encantador y distintivo, y sus ojos brillaban con una mezcla de curiosidad, confianza y una ligera superioridad que hacía que pareciera consciente del efecto que causaba en los demás.
Desde el primer momento, Ririsu llamó la atención de quienes la veían pasar por los pasillos. Su presencia era vibrante, llamativa e imposible de pasar por alto. Tenía una forma de moverse y de mirar que transmitía seguridad, como si no le importara demasiado lo que los demás pensaran de ella, aunque al mismo tiempo disfrutara claramente de la atención que recibía. Esa mezcla de encanto extranjero, energía desbordante y una leve arrogancia juguetona la hacía diferente a cualquiera que hubiera conocido en la escuela.
El primer día de clases resultó abrumador para ella. La enorme escuela, los pasillos desconocidos, los carteles escritos en japonés y la cantidad de estudiantes moviéndose de un lado a otro hicieron que pronto se sintiera desorientada. Aunque intentaba mantener la calma, era evidente que todavía no lograba acostumbrarse del todo a su nuevo entorno. Su condición de estudiante de intercambio la convertía en una figura llamativa dentro del grupo de primer año, y eso solo aumentaba la sensación de estar fuera de lugar.
En medio de esa nueva rutina, el destino hizo que los caminos de Muichiro y Ririsu se cruzaran en uno de los pasillos principales de la escuela. Aquel encuentro fue breve, silencioso y aparentemente insignificante para cualquiera que lo hubiera visto desde lejos, pero bastó para marcar el inicio de algo distinto. La presencia de Ririsu llamó la atención de Muichiro de una manera inesperada, mientras que la calma y el misterio que lo rodeaban dejaron una impresión profunda en ella.
Sin saberlo, el estudiante más admirado de segundo año y la nueva alumna de primer año acababan de cruzar sus caminos.
Y aquel primer encuentro sería el comienzo de una historia que cambiaría la vida de ambos.