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Trama de la historia

Japón, año 1912. El país se encuentra en una época de transición. La modernidad comienza a extenderse por las grandes ciudades, mientras que las antiguas costumbres aún gobiernan la vida cotidiana. La sociedad está construida sobre una jerarquía inquebrantable: el emperador ocupa la cúspide como figura absoluta, seguido por la nobleza, las familias de antiguos samuráis, los comerciantes, artesanos y campesinos. En el último escalón permanecen aquellos considerados indignos por la sociedad. Sin embargo, esa clasificación, aceptada como una verdad absoluta por casi todos los japoneses, oculta una realidad mucho más oscura.

Desde hace siglos, aproximadamente un 7% de la población nace con habilidades sobrenaturales. Algunos manifiestan un control imposible sobre elementos de la naturaleza; otros pueden manipular la mente, alterar la materia, ver el futuro o utilizar poderes que desafían cualquier explicación lógica. Para la mayoría de las personas, estos individuos no son bendecidos, sino malditos. Son considerados una amenaza para el orden, monstruos disfrazados de humanos o castigos enviados por los dioses.

La discriminación comienza desde el nacimiento. Muchos niños son abandonados por sus familias, vendidos, encerrados o incluso ejecutados antes de alcanzar la adolescencia. Aquellos que logran sobrevivir aprenden rápidamente que revelar su don significa convertirse en un objetivo. El miedo colectivo ha provocado que el gobierno, la nobleza y las autoridades religiosas fomenten la idea de que cualquier persona con poderes debe ser vigilada, aislada o eliminada.

No obstante, lo que la sociedad desconoce es que esos dones no son una casualidad.

Mientras el Japón visible continúa con su vida cotidiana, existe otro completamente diferente, oculto bajo las sombras de la noche.


En los bosques, montañas y aldeas olvidadas por el tiempo, los demonios continúan existiendo. Criaturas que se alimentan de humanos y que, durante generaciones, han sembrado el terror sin que la mayoría de la población llegue siquiera a conocer su existencia. Los pocos sobrevivientes suelen ser silenciados o tachados de locos.

Para combatir esta amenaza nació una organización secreta conocida únicamente como el Cuerpo de Cazadores de Demonios.

Su existencia es un secreto cuidadosamente protegido. Sus miembros patrullan únicamente durante la noche, investigan desapariciones, rescatan aldeas enteras y eliminan demonios antes de que la noticia pueda extenderse. Su único objetivo es destruir al primer demonio, el origen de toda esa tragedia: Muzan Kibutsuji.

Los cazadores son entrenados desde jóvenes para dominar técnicas de respiración capaces de llevar el cuerpo humano a límites sobrehumanos. La disciplina, el honor y el sacrificio son los pilares de la organización. Para ellos, la humanidad debe ser protegida a cualquier costo.

Pero incluso los cazadores desconocen toda la verdad.


Existe otra amenaza, mucho más silenciosa y difícil de encontrar.

Mientras los cazadores enfrentan demonios, otro grupo libra una guerra completamente distinta.

Los conocen con muchos nombres: los Malditos, los Portadores, los Herejes, aunque entre ellos mismos simplemente se llaman los Dotados.

Son precisamente las personas nacidas con dones.

Perseguidos desde generaciones, aprendieron que la única forma de sobrevivir era desaparecer de la sociedad. Formaron ciudades ocultas, refugios subterráneos y organizaciones independientes donde entrenan a quienes nacen con habilidades especiales.

Sin embargo, su verdadera misión no consiste en luchar contra demonios.

Ellos cazan espíritus.

Seres invisibles para la mayoría de los humanos, nacidos del odio, la desesperación, las tragedias y las emociones negativas acumuladas durante siglos. Algunos espíritus son inofensivos, pero otros poseen una fuerza capaz de provocar epidemias, guerras, locura colectiva o desastres imposibles de explicar.

Los dones existen precisamente para combatir esas entidades.

Cada habilidad sobrenatural posee una afinidad natural para enfrentarse a los espíritus, razón por la cual los Dotados consideran que su existencia tiene un propósito mucho más antiguo que cualquier gobierno o religión.

Sin embargo, sus métodos están muy lejos de ser nobles.

Cuando un espíritu posee el cuerpo de una persona, los Dotados rara vez intentan salvar al huésped. Si consideran que la posesión es irreversible o representa un riesgo, simplemente eliminan tanto al espíritu como al humano que lo alberga. Para ellos, sacrificar una vida para salvar cientos es una decisión lógica.

Además, debido a que viven completamente fuera de la ley, muchos sobreviven aceptando contratos clandestinos. Asesinatos políticos, desapariciones, espionaje, recuperación de artefactos prohibidos o eliminación de personas consideradas peligrosas forman parte de su trabajo cotidiano. No distinguen entre nobles o plebeyos; si el contrato es aceptado, el objetivo desaparece.

Con el paso del tiempo, su reputación se convirtió en la de simples asesinos.

Y esa fama terminó por condenarlos ante los ojos del mundo.


La relación entre ambas organizaciones está marcada por siglos de sangre.

Los cazadores consideran que los Dotados son criminales sin honor que utilizan poderes prohibidos para asesinar inocentes. Los responsabilizan por numerosas desapariciones y creen que sus métodos son tan crueles que terminan siendo casi iguales a los monstruos que combaten.

Por su parte, los Dotados ven a los cazadores como fanáticos incapaces de comprender la verdadera naturaleza del mundo sobrenatural. Piensan que desperdician vidas luchando únicamente contra demonios mientras ignoran la amenaza mucho más antigua que representan los espíritus.

Ambos grupos trabajan en secreto.

Ambos creen proteger a la humanidad.

Ambos consideran al otro su enemigo más peligroso.

--

El inicio del cambio

Durante siglos, la relación entre el Cuerpo de Cazadores de Demonios y la Agencia de Cazadores de Espíritus estuvo marcada únicamente por el odio. Ambas organizaciones luchaban por proteger a la humanidad, pero sus ideales, métodos y creencias eran tan diferentes que cualquier encuentro terminaba inevitablemente en violencia.

Los Cazadores consideraban a los Dotados personas peligrosas, incapaces de controlar el poder con el que habían nacido y demasiado dispuestas a mancharse las manos con sangre humana. Para ellos, la Agencia no era más que un grupo de asesinos ocultos tras la excusa de mantener el equilibrio espiritual.

Por otro lado, la Agencia veía al Cuerpo de Cazadores como guerreros cegados por siglos de prejuicios, incapaces de comprender que el mundo sobrenatural era mucho más complejo que la simple existencia de los demonios. Mientras los Cazadores exterminaban demonios, los espíritus continuaban propagándose por Japón sin que siquiera fueran conscientes de ello.

A lo largo de la historia existieron varios intentos de alcanzar una tregua. Líderes de ambas organizaciones organizaron reuniones secretas, firmaron acuerdos temporales e incluso colaboraron para enfrentar amenazas que ponían en peligro a todo el país.

Pero ninguna de esas alianzas sobrevivió.

Bastaba un malentendido, una traición, una muerte inesperada o una diferencia de ideales para que las negociaciones terminaran con espadas desenvainadas y más rencor que antes. Con el paso de las generaciones, la palabra "paz" dejó de ser una posibilidad y pasó a convertirse en una ilusión de la que nadie quería volver a hablar.

Hasta ahora.


Dos semanas antes del inicio de la historia, el líder del Cuerpo de Cazadores, Kagaya Ubuyashiki, reunió a los nueve Pilares en la Mansión Ubuyashiki. Nadie sabía el motivo de aquella convocatoria extraordinaria, pero la expresión serena del Patrón dejaba entrever que se trataba de un asunto diferente a cualquier misión habitual.

Cuando todos ocuparon sus lugares, Kagaya rompió el silencio con una propuesta que dejó a los presentes completamente inmóviles.

No habló de demonios.

No habló de Muzan.

Habló de paz.

Explicó que, tras meses de conversaciones secretas con el Director de la Agencia de Cazadores de Espíritus, ambas organizaciones habían encontrado una posible forma de romper el ciclo de odio que llevaba siglos consumiéndolos.

No sería mediante un tratado.

No sería mediante un pacto militar.

Sería mediante una antigua tradición política utilizada durante generaciones por las familias más poderosas de Japón.

Una unión matrimonial.

La heredera de la Agencia aceptaría contraer matrimonio con un miembro del Cuerpo de Cazadores, creando un vínculo oficial entre ambas organizaciones. Si aquella unión prosperaba, serviría como símbolo de confianza y podría convertirse en el primer paso hacia una alianza permanente.

Sin embargo, Kagaya dejó clara una condición impuesta por la Agencia.

El matrimonio no podía ser forzado.

La decisión debía ser completamente voluntaria por parte de ambos.

Por ello, dirigió su mirada hacia los Pilares.

—No les ordenaré aceptar esta propuesta —dijo con la calma que siempre lo caracterizaba—. Una unión nacida de la obligación está destinada al fracaso. Solo tendrá sentido si alguno de ustedes decide dar ese paso por voluntad propia.

El salón quedó completamente en silencio.

Algunos intercambiaron miradas.

Otros simplemente permanecieron inmóviles.

La idea de casarse con alguien perteneciente a la organización que habían considerado su enemiga durante toda la vida resultaba, para muchos, absurda.

Kagaya continuó hablando.

—Dentro de dos días tendrá lugar una reunión oficial entre ambas organizaciones. Si alguno desea ofrecerse como candidato, podrá hacerlo allí. Si nadie lo hace... las negociaciones probablemente terminarán y esta oportunidad desaparecerá.

Nadie respondió.

No hubo discusiones.

No hubo negativas.

Solo un silencio cargado de dudas.

Mientras la reunión llegaba a su fin, cada Pilar abandonó la mansión con pensamientos completamente distintos.

Algunos rechazaban la idea desde el primer momento.

Otros comenzaban a preguntarse si realmente era imposible cambiar siglos de odio.

Y unos pocos... simplemente sentían curiosidad por conocer a la misteriosa heredera de la Agencia de Cazadores de Espíritus, una joven de la que solo habían escuchado rumores y cuyo nombre aún desconocían.

Sin saberlo, aquella decisión marcaría el inicio del mayor cambio en la historia de ambas organizaciones. Porque, a veces, una sola elección era suficiente para alterar el destino de un país entero.

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