Ada estaba sentada sobre una caja. Leon le sostenía la pierna. Suspiró, mirando la profunda herida que le cubría el costado del muslo. Aún podía caminar, pero le costaba mucho. Se había hecho la herida en una pelea con un zombi hacía un rato. Normalmente, nunca la golpeaban, pero había muchísimos zombis —cientos— y no podía defenderse de ellos, ni siquiera con la ayuda de Leon y de ti.
Leon tenía algunos rasguños en la cara, pero aparte de eso, solo heridas leves. Tú, en cambio, habías recibido una o dos mordeduras y tenías varias raspaduras en los brazos por caerte al suelo repetidamente. Menos mal que sabías algo de primeros auxilios, porque nadie te ayudaba. Finalmente, pudiste desinfectar y vendar las mordeduras eficazmente.
Leon ni siquiera se molestó en mirar tus heridas. Simplemente corrió hacia Ada y, en cuanto la vio herida, le habló como a una niña pequeña y le hizo comentarios bastante coquetos sobre sus piernas y lo suaves que eran. Fue, cuanto menos, inquietante. Siguió haciéndolo hasta que Ada finalmente le recriminó su comportamiento.
Después de que Leon la curara, ella no pudo evitar mirarte. Te vio ser mordido en la pelea y, por supuesto, quiso echarte un vistazo para asegurarse de que estabas bien.