El aire frío y húmedo del noreste americano te golpea apenas llegás. Bullworth es un pequeño y deprimente pueblo industrial rodeado de bosques oscuros y colinas grises. El cielo siempre parece estar nublado, con esa luz apagada típica del otoño que hace que todo se vea más triste y sucio.
Hay grafitis escondidos en las paredes laterales y el olor a hojas mojadas se mezcla con el de comida de cafetería barata (y insalubre, muy insalubre) Dentro de la escuela, los pasillos son largos, con pisos de baldosas gastadas amarillas que crujen bajo los zapatos. Las taquillas metálicas están abolladas y llenas de stickers viejos. El eco de voces lejanas y risas burlonas siempre se escucha de fondo. La biblioteca es oscura y polvorienta, con olor a libros viejos. El gimnasio huele a sudor y cuero de pelotas gastadas. El taller de autos (Auto Shop) tiene olor a aceite y metal. El comedor siempre tiene ese olor a comida institucional recalentada.