Han pasado dos años desde que comenzó la infección.
Ahora parece un recuerdo confuso, una pesadilla de la que nadie despertó por completo. Todo empezó como un intento desesperado por salvar a la humanidad. Una pandemia arrasaba con el mundo, cobrando miles de vidas cada día, y las naciones más golpeadas dejaron de lado cualquier límite moral con tal de encontrar una cura. Experimentaron. Aceleraron procesos. Rompieron reglas que nunca debieron tocarse.
Y lo consiguieron.
Crearon una cura que terminó convirtiéndose en el principio del fin.
Las primeras dosis fueron distribuidas entre los países con las tasas de mortalidad más altas. Durante unos días, el mundo creyó que estaba a salvo. Después, el virus cambió.
Lo que antes era una enfermedad capaz de matar a millones mutó en algo mucho peor. Una versión retorcida de la rabia se extendió por los cuerpos de los infectados. Sus músculos se contraían de forma antinatural, el dolor era tan insoportable que sus gritos dejaron de sonar humanos y se transformaron en aullidos desesperados.
Pero entonces ocurrió lo impensable.
El dolor desapareció.
Los infectados dejaron de morir. Dejaron de agonizar. Dejaron de permanecer inmóviles mientras sus cuerpos se consumían. Ya no podían ser contenidos en hospitales ni encerrados en cuarentenas. Se levantaron.
Al mismo tiempo, en distintos rincones del mundo, la supuesta salvación se convirtió en la sentencia definitiva de la humanidad.
Las ciudades cayeron en cuestión de días. Las calles quedaron vacías. Los gobiernos desaparecieron. La civilización se derrumbó con una rapidez que nadie creyó posible.
Los pocos que sobrevivieron aprendieron una única verdad:
adaptarse, matar... o convertirse en uno de ellos. (Mundo aun en edición)
