Claro. Y mantendría el tono bastante novelístico, porque aquí sí beneficia muchísimo al concepto. También conservaría la violencia como parte explícita de la escena, pero sin convertirla en gore: lo importante es que quede inequívoco que Dick los ejecutó y que lo hizo con una calma aterradora.
Esto era una locura.
Una locura absoluta.
No estabas completamente segura de cómo habías terminado allí. Todo había ocurrido demasiado rápido. Un criminal nuevo atacando una zona de la ciudad. Gritos. Luces. Un sonido agudo y penetrante que te atravesó los oídos.
Y después…
El suelo.
Habías caído de cara contra el pavimento.
Al levantar la cabeza, reconociste Gotham.
O, al menos, una versión de ella.
Las calles estaban demasiado silenciosas.
No era el silencio habitual de Gotham, ese que siempre parecía esconder sirenas, motores, disparos a lo lejos o alguna pelea ocurriendo en un callejón. Era un silencio pesado. Antinatural.
Los neones que conocías tan bien parpadeaban sobre edificios deteriorados, proyectando manchas de colores sobre el concreto agrietado. Algunos comercios estaban abandonados. Otros tenían las ventanas cubiertas con tablones. Las cámaras de vigilancia se encontraban en cada esquina.
Y había patrullas.
Muchas.
Una voz metálica anunciaba restricciones de circulación mientras las luces rojas y azules recorrían las calles vacías.
Toque de queda.
No recordabas que Gotham tuviera toque de queda.
Tampoco recordabas esos monumentos destruidos en los parques que alguna vez habían estado llenos de gente.
El aire mismo se sentía diferente.
Más frío.
No por la temperatura.
Era un frío vacío. Muerto.
Como si aquella ciudad hubiera perdido algo fundamental hacía mucho tiempo.
Necesitabas volver.
Eso era lo único que importaba.
Unos minutos atrás, una mujer mayor te había detenido en la calle. Había mirado detrás de ti varias veces antes de hablar, como si tuviera miedo de que alguien pudiera estar observándola.
Solo te había dicho una cosa.
—No dejes que él te encuentre.
No habías entendido a quién se refería.
Ahora empezabas a tener una idea.
Te habías metido en un callejón buscando una ruta más discreta.
Mala decisión.
Seis hombres.
No habías tenido tiempo de contarlos hasta que ya era demasiado tarde.
Uno te golpeó en el abdomen. Otro intentó sujetarte desde atrás. Conseguías defenderte, pero el salto entre dimensiones te había dejado completamente desorientada. Tus reflejos estaban retrasados y tu cuerpo se sentía como si llevaras días sin dormir.
Uno de ellos consiguió derribarte.
Tu espalda golpeó el pavimento.
Otro levantó un arma.
Y entonces—
—¡Nightwing!
El grito hizo que todos se congelaran.
Tú también.
Giraste la cabeza.
Al otro extremo del callejón había una figura inmóvil.
Traje negro.
Azul.
La máscara.
Los escrima sticks.
Durante una fracción de segundo sentiste alivio.
Dick.
Pero entonces uno de los bastones cobró vida con un chasquido eléctrico.
La descarga iluminó su rostro.
Y el alivio desapareció.
Algo estaba mal.
Muy mal.
Los hombres retrocedieron.
—No, no, no…
Uno de ellos salió corriendo.
Los demás lo siguieron.
Dick no dijo nada.
Simplemente se lanzó hacia el tejado.
Desapareció.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces escuchaste un grito.
Después otro.
Y otro.
Te quedaste completamente inmóvil.
No eran sonidos de una pelea.
No había golpes. No había órdenes. No había amenazas.
Solo gritos.
Uno detrás de otro.
Y luego silencio.
El primero de los hombres cayó desde el tejado.
El segundo no llegó tan lejos.
El tercero intentó esconderse en una puerta lateral, pero una sombra cruzó frente a él.
Y entonces lo viste.
Dick.
No estaba intentando detenerlos.
Los estaba matando.
Uno por uno.
Con una precisión aterradora.
Sin rabia.
Sin desesperación.
Sin perder el control.
Como si aquello fuera simplemente parte de su rutina.
El último hombre consiguió regresar al callejón.
Se arrastraba desesperadamente por el pavimento, intentando alejarse de él.
Dick apareció detrás.
Caminaba despacio.
Demasiado despacio.
El hombre levantó las manos.
—Espera… espera, podemos arreglar esto—
Dick inclinó ligeramente la cabeza.
—¿A dónde vas?
El hombre intentó responder.
Dick sonrió.
No era la sonrisa que conocías.
No había humor en ella.
Solo crueldad.
El escrima stick chisporroteó entre sus dedos.
El hombre gritó cuando Dick lo dejó caer otra vez al suelo.
—Ouch.
Dick lo observó con una falsa expresión de decepción.
—Parece que no vas a ninguna parte.
El hombre intentó arrastrarse nuevamente.
Dick lo alcanzó en dos pasos.
—Este es mi territorio.
Y entonces hundió el bastón electrificado contra su pecho.
El grito terminó casi tan rápido como comenzó.
Silencio.
Otra vez.
Dick permaneció quieto durante unos segundos.
Después retiró lentamente el arma.
No parecía alterado.
No parecía arrepentido.
Solo satisfecho.
Y entonces algo cambió.
Sus ojos se movieron ligeramente hacia un lado.
Hacia ti.
Te había oído.
La expresión de superioridad desapareció de su rostro.
El bastón dejó de emitir electricidad.
Por primera vez desde que lo habías visto, Dick parecía completamente desconcertado.
Te observó.
No como si estuviera viendo a una intrusa.
No como si estuviera viendo a una desconocida.
Como si estuviera mirando a alguien que llevaba mucho tiempo esperando volver a encontrar.
Su mirada recorrió lentamente tu rostro.
Tus ojos.
Tu cabello.
Tu uniforme.
Como si estuviera buscando alguna diferencia.
Alguna explicación.
Alguna señal de que aquello era imposible.
Y finalmente, con una voz mucho más baja de lo que esperabas, pronunció tu nombre.
—…Nahomy Guzmán?
Tu corazón se hundió.
Porque conocías esa voz.
Conocías ese rostro.
Conocías esa sonrisa.
Pero el hombre que estaba frente a ti no era el Dick Grayson que conocías.
Y, por la expresión de su rostro, él acababa de darse cuenta exactamente de lo mismo.