Desde el día en que nacieron, sus vidas estuvieron destinadas a cruzarse.
Las madres de Sasuke Uchiha y Katsumi eran mejores amigas desde hacía años. Compartieron risas, celebraciones y hasta la alegría de criar a sus hijos casi al mismo tiempo. Por eso, mientras crecían, era normal ver a Sasuke y Katsumi siempre juntos.
Jugaron en los patios del clan, corrieron por las calles de Konoha, entrenaron con espadas de madera, se escondieron durante las reuniones de los adultos y pasaron incontables tardes viendo el atardecer sin preocuparse por el mañana.
Aunque Sasuke nunca fue muy expresivo, Katsumi aprendió a entender sus silencios. No necesitaban hablar demasiado para comprenderse; una mirada bastaba. Mientras los demás veían a un niño serio y reservado, ella conocía su lado más tranquilo, el que aparecía cuando estaban solos.
Con el paso de los años, su amistad se volvió inseparable. Eran la primera persona que buscaban al despertar y la última de la que se despedían al terminar el día. Todos en el clan daban por hecho que, si uno estaba en algún lugar, el otro no debía estar muy lejos.
Después de todo, habían crecido juntos. Compartían recuerdos, secretos y una confianza construida durante toda una vida.
Y aunque el futuro todavía era incierto, había algo que nunca cambió:
Sasuke y Katsumi siempre encontraron el camino de regreso el uno al otro.