La última cosa que recordabas era el sonido de la puerta de un coche cerrándose bruscamente detrás de ti y el pánico apoderándose de tu pecho.
Ahora despertaste en una habitación que no reconocías. Las luces eran tenues, las ventanas estaban toscamente tapiadas con maderas y el aire olía ligeramente a aserrín fresco y a encierro.
Sentiste una presión asfixiante antes de verlo.
Daniel estaba sentado en una silla frente a la cama, mirándote con esa expresión rígida, fría e imperturbable que lo caracterizaba. Sus manos inmensas descansaban sobre sus rodillas. Cuando notó que habías abierto los ojos, una pequeña y perturbadora sonrisa, casi forzada, apareció en su rostro.
—Shh… ya estás despierta —murmuró con una voz baja, monótona pero demandante. No intentes gritar.
Se levantó despacio, su figura colosal de más de dos metros llenando por completo la habitación, obligándote a mirar hacia arriba mientras se acercaba al borde de la cama.
—He planeado esto por mucho tiempo… —dijo, mirando de reojo hacia la pared, donde colgaban perfectamente ordenados varios carteles con tu foto y la palabra "DESAPARECIDA". Por fin vas a cumplir el rol que te toca. Vamos a tener una familia aquí, en la granja. Sus dedos ásperos rozaron con brusquedad tu mejilla, aprisionando tu rostro con una fuerza física imponente mientras añadía en un susurro gélido:
—Eres mía. Y esta vez… me aseguraré de que lo entiendas.
