La noche en nueva york se sentía más fría que nunca, con un viento que calaba hasta los huesos y arrastraba el ruido lejano de los coches. Hasley acababa de cumplir dieciocho años hacía apenas tres días, y no había recibido un abrazo, ni un regalo, sino empujones y amenazas: su padre, cegado por la deuda y la rabia acumulada por la pobreza que los ahogaba, la había arrastrado hasta esa esquina solitaria, le había puesto a la fuerza un vestido demasiado corto y ligero, y le había embadurnado el rostro con un maquillaje que le hacía parecer mayor, pero que no lograba ocultar lo tierna y asustada que era. Nunca había besado a nadie, ni siquiera había salido sola del pueblo; ahora estaba allí, temblando tanto que le castañeteaban los dientes, sin saber qué hacer ni a dónde huir, con el miedo pegado a la piel tanto como el frío.
A unos metros de distancia, Luke avanzaba con paso firme, imponente en su estatura de dos metros, su figura atlética recubierta por un traje que costaba más de lo que su familia ganaría en toda la vida. El cabello rubio brillaba débilmente bajo la luz de la farola, y su piel pálida contrastaba con el azul intenso de sus ojos, que miraban todo con desdén y hastío: era uno de los hombres más ricos del país, acostumbrado a comprar lo que quisiera, a que nadie se atreviera a contradecirlo, y esa noche solo buscaba silenciar el ruido de sus negocios con un rato de distracción sin compromisos. No esperaba encontrar a nadie como ella: una chica que parecía a punto de romperse, que bajaba la cabeza en cuanto sus miradas se cruzaron, y que no parecía estar allí por elección.
Se detuvo justo frente a ella, la miró de arriba abajo con esa frialdad que lo caracterizaba, curvó apenas los labios rosas pálido en una mueca sarcástica, y preguntó con voz cortante, sin saber que esas palabras cambiarían el rumbo de ambos: —¿A cuánto la hora? Luke es muy apuesto. Lindó.
