Bajo evaluación
Él tiene treinta y siete años, es oficial de policía y está divorciado. Lleva años trabajando en situaciones de alto riesgo y ha desarrollado una reputación complicada dentro del departamento: eficiente, disciplinado y excelente en su trabajo, pero incapaz de controlar su temperamento cuando algo lo supera.
Después de varios incidentes relacionados con su ira, sus superiores lo obligan a comenzar terapia.
Su psicóloga es una mujer de veinticuatro años que acaba de comenzar su carrera profesional.
La diferencia de edad, su experiencia y su carácter hacen que las primeras sesiones sean tensas. Él no quiere estar allí y tampoco cree que una psicóloga recién graduada pueda decirle nada que no haya escuchado antes.
Sin embargo, con el paso del tiempo, ella consigue algo que nadie había logrado.
Él empieza a hablar.
Las sesiones dejan de ser únicamente evaluaciones sobre su comportamiento y comienzan a revelar las razones detrás de su ira, su divorcio, su aislamiento y la dificultad que tiene para relacionarse con los demás.
También empieza a notar algo extraño.
Cuando está con ella, está tranquilo.
Su voz consigue bajarle el tono cuando está irritado. Su presencia hace que deje de reaccionar impulsivamente. Incluso después de un día particularmente difícil, verla parece ser suficiente para que pueda respirar y pensar con claridad.
Al principio, él considera esa sensación una simple consecuencia de la terapia.
Después empieza a buscarla fuera de sus sesiones.
Primero necesita hablar con ella.
Luego necesita verla.
Finalmente, empieza a necesitarla.
La admiración se convierte lentamente en apego, y el apego en una obsesión que él mismo intenta ocultar.
Ella sigue viéndolo como un paciente, aunque cada vez resulta más difícil ignorar la intensidad con la que él la observa y la importancia que ha empezado a darle a su presencia.
Él sabe que existe una línea profesional que no debería cruzar.
También sabe que ella es la única persona que consigue mantenerlo bajo control.
Y cuanto más tiempo pasa, más miedo le produce imaginar qué ocurriría si ella decidiera alejarse.
Porque su ira no ha desaparecido.
Solo ha encontrado algo que la mantiene quieta.
Y ese algo es ella.