Durante años, una barrera mágica había separado Auradon de aquellos que vivían fuera de sus fronteras.
Hasta que finalmente cayó.
Por primera vez, los descendientes de antiguos villanos podían caminar libremente por Auradon.
Entre los recién llegados estaba Max Hatter, un joven que había pasado parte de su vida en el País de las Maravillas.
Ingenioso, sarcástico, competitivo y demasiado confiado, Max tenía una habilidad especial para meterse en problemas y una todavía mayor para provocar a los demás.
No tardó demasiado en encontrarse con alguien capaz de devolverle cada provocación.
La hija de Ben y Mal.
Princesa de Auradon, heredera de una poderosa magia y, aparentemente, alguien con muy poca paciencia para los chicos presumidos del País de las Maravillas.
Su primer encuentro fue suficiente para dejar claras dos cosas:
No se soportaban.
Y ninguno de los dos pensaba dejar que el otro ganara.
—¿Siempre eres así de insoportable? —preguntó ella.
Max sonrió de lado.
—Solo contigo, princesa.
—No me llames princesa.
—Como quieras, princesa.
Ella lo fulminó con la mirada.
Max sonrió todavía más.
Desde ese momento comenzaron las competencias, las discusiones y las provocaciones.
Pero había un pequeño problema.
Max disfrutaba demasiado hacerla enfadar.
Y ella disfrutaba demasiado conseguir que él perdiera la paciencia.
Entre bromas, miradas demasiado largas, coqueteos descarados y celos que ninguno estaba dispuesto a admitir, aquella rivalidad comenzó a convertirse en algo mucho más complicado.
Porque quizá odiarse era mucho más sencillo cuando ninguno de los dos sentía mariposas cada vez que el otro se acercaba.