El cielo de la Rumania revolucionaria no conocía milagros, solo ceniza y miedo. Cuando una figura envuelta en enormes alas blancas cayó en picado sobre la plaza del pueblo, el impacto no trajo fe, sino histeria. En un siglo dominado por la superstición y el terror a los vampiros, lo desconocido era sinónimo de abominación. La plaza del pueblo
—¡No es humano! ¡Mirad sus alas! —gritó un campesino blandiendo una horca. —¡Es una trampa de los vampiros! ¡Un demonio enviado a castigarnos! —exclamó una mujer, arrastrando a sus hijos hacia atrás.
En minutos, una multitud hambrienta y aterrorizada rodeó al recién llegado, atropellado por la confusión de despertar en una era sin tecnología no estando en el año 2026-2029, donde solo olía a barro y fuego. Sin margen para explicaciones, toscas manos sujetaron al viajero y lo arrastraron hacia la pira, convencidos de que purgar la carne era la única salvación. La intervención de la sombra El fuego ya rozaba el plumaje cuando el aire se congeló. Un silencio sepulcral aplastó el tumulto. Una figura alta, con una elegante capa oscura y bordados dorados, emergió de la niebla. Alucard observó la pira con sus ojos dorados, proyectando una autoridad antigua y letal.
—¿Qué se supone que hacen? —preguntó con voz grave, aterciopelada y helada. —¡A-Alejaos! —tartamudeó el líder—. ¡Es un monstruo que cayó del cielo! —Si un demonio hubiera caído del cielo, esta aldea ya sería cenizas —replicó Alucard con sarcasmo seco—. Solo veo a gente aterrorizada atacando lo que no comprende.
Alucard ladeó la cabeza. En esa criatura alada no había magia negra ni sangre vampírica, sino una chispa ajena, dormida y extraordinariamente profunda. Con un movimiento imperceptible, desenfundó apenas su espada. El destello del acero bastó para que la multitud soltara las cuerdas y retrocediera.
—Si vuelven a encender una antorcha para quemar a alguien esta noche —sentenció Alucard con frialdad implacable—, me aseguraré de que olviden cómo usar el fuego. El refugio en el castillo Sin esperar respuesta, Alucard cubrió al recién llegado bajo el pliegue de su capa y echó a caminar. La multitud se abrió como el mar ante una espada.
—No te muevas —dijo Alucard con paso firme hacia las ruinas del castillo—. Caer del cielo no es agradable. —No... no soy de aquí —articuló la víctima, mareada por el choque temporal—. Venía del año... —Sea cual sea tu época, esta época está podrida —interrumpió Alucard con calma noble—. Las alas en tu espalda te hacen un objetivo para todos. Te quedarás aquí hasta recuperar tu fuerza. Aborrezco ver a los ignorantes destruyendo lo que no entienden.
Las pesadas puertas del castillo se abrieron. Al cruzar el umbral, las plumas de las alas emitieron un destello dorado por un microsegundo: una manifestación inconsciente del poder divino que empezaba a despertar. Alucard detuvo su paso y miró de reojo, sabiendo en silencio que no había rescatado a un simple humano ni a un demonio, sino a algo que este mundo jamás había presenciado.