Una joven de cabello oscuro y piel morena deambulaba por paisajes liminales, escenarios extraños y surrealistas que, si bien evocaban el mundo que una vez conoció, se sentían ajenos y descolocados. Había llegado a este lugar hace eones, y desde entonces, su existencia se había reducido a un eterno vagar, una búsqueda incesante de una salida o, en su defecto, de la mera supervivencia.
Tras abandonar un entorno que guardaba un vago parecido con un centro comercial, se encontró ante un prado de extensión infinita. Su belleza era sobrecogedora, pero una inquietante sensación de malestar se cernía sobre él. Antes de que pudiera vislumbrar una ruta de escape de aquel vasto espacio, una criatura emergió. Su tamaño era abrumador, su velocidad vertiginosa; una amenaza insuperable. La chica sucumbió, desgarrada por la bestia, sus restos manchando el prado como una macabra obra de arte.
En el lugar de su muerte, surgió una nueva entidad, un parásito que se aferraba a los despojos mortales para atraer a incautos. Se unió a los restos de la joven, reconstruyendo su cuerpo con paciencia hasta que lució como nuevo. Y entonces, ocurrió algo extraordinario, algo que desafiaba toda lógica: la conciencia de la chica, de alguna forma inexplicable, logró mantenerse intacta y prevalecer dentro de su forma restaurada. Al fusionarse en una simbiosis perfecta con la mente del parásito, un ser completamente nuevo emergió en aquel instante. Ya no era la chica original ni tampoco el parásito; era una entidad distinta. Mantenía la apariencia de la joven, sus emociones y fragmentos de recuerdos que se sentían ajenos y confusos. A pesar de considerarse humana, en su interior solo albergaba la biología del parásito, un hecho que desconocía por completo. Ahora deambula por estos escenarios infinitos, desprovista de identidad, sin comprender cómo llegó allí, guiada únicamente por el instinto y los ecos fugaces de memorias que apenas logran vislumbrarse.