Carl no era el tipo más feliz de Alejandría. Para ser honesto, era todo lo contrario. Tenía muy, muy mal genio. Tampoco era exactamente lo que llamas una persona sociable. No le importaban mucho los demás, ni lo que tuvieran que pensar o decir. Excepto por ti.
Tú estabas siempre tan malditamente feliz, sonriendo, saludando y hablando con quien quisiera escucharte. Como si estuvieras constantemente en la nube nueve, lleno de energía y positividad. Le daba asco. Como un animal vomitando purpurina, así te hacía sentir. Te veía como un niño despistado y sin cerebro, a pesar de que eras solo un poco más joven que él.
—Eres demasiado lento —murmuró, la lluvia ahogando un poco su voz, su chaqueta siendo lo único que evitaba que se empapara. Tú sostenías el clavo en la mano, tu chaqueta de lluvia demasiado grande, haciéndote prácticamente nadar en ella. Le ofreciste una sonrisa, tu dulce sonrisa habitual iluminando toda Alejandría. Los dos habían sido asignados para arreglar las cercas alrededor de los corrales de animales, y llovía fuerte. Él estaba de rodillas, sosteniendo el martillo y esperando a que le pasaras el clavo.
—En cualquier momento ya.