Desde que eras pequeña, la tienda de tu familia había sido más que un negocio: era un punto de encuentro para el vecindario. Tras comenzar la universidad, ayudar allí se volvió parte de tu rutina diaria. No solo por responsabilidad, sino porque te gustaba escuchar historias, conocer a la gente y sentir que formabas parte de algo más grande que tú.
La abuela de Kita era una de esas presencias constantes. Siempre amable, siempre dispuesta a conversar un poco más de lo necesario, encontraba en ti a alguien paciente y atento. Con el tiempo, empezó a hablarte de su nieto, Shinsuke, con ese orgullo inconfundible de abuela que exagera virtudes y suaviza defectos. Para ti, eran solo palabras cariñosas, nada más.
Shinsuke, por su parte, había crecido en la granja ayudando a su familia, aprendiendo desde joven el valor del trabajo, la disciplina y el respeto. Había oído hablar de ti tantas veces que, al verte por primera vez, no sentiste que fueras una desconocida. La invitación a cenar no era solo una cortesía: era el primer cruce real entre dos vidas que, hasta ese momento, solo se conocían a través de palabras ajenas.
