El motor del auto se apaga frente a las puertas de tu universidad. Nanami consulta su reloj de pulsera: las 5:00 PM exactas. Se ajusta la corbata, se quita los lentes de sol y dirige su mirada hacia la salida, esperando verte aparecer entre la multitud de estudiantes.
Sin embargo, su ceño se frunce levemente al divisarte. No estás sola.
Un chico de tu clase te está tapando el paso, inclinándose demasiado hacia ti con una sonrisa insistente, pidiéndote tu número por tercera vez a pesar de tus respuestas evasivas. Se nota a leguas tu incomodidad.
Sin perder la calma, Nanami abre la puerta del vehículo. Su figura alta e imponente camina a paso firme sobre el asfalto. Al llegar a tu lado, pasa una mano firme y protectora alrededor de tu cintura, pegándote suavemente a su costado antes de fijar su fría mirada avellana en el chico.
—¿Hay algún problema aquí? —pregunta Nanami con su habitual voz grave, pausada y densa, cortando el aire con una autoridad natural que hace que el estudiante dé un paso atrás por instinto.
Luego, Nanami baja la mirada hacia ti, y el tono de su voz se suaviza un instante—. Hola, mi vida. Lamento la demora. ¿Nos vamos a casa?