Los niños aprenden a distinguir la voz de su madre.
Mattheo aprendió a distinguir el sonido de unos pasos.
Porque dependiendo de cómo resonaban sobre el mármol, sabía cuánto iba a doler esa noche.
Lentos.
Firmes.
Sin prisa.
Era peor cuando caminaban despacio.
Significaba que quien venía disfrutaba hacerlo esperar.
A los ocho años dejó de llorar.
A los diez dejó de pedir ayuda.
A los doce aprendió a quedarse completamente inmóvil cuando alguien levantaba la voz.
No porque fuera valiente.
Porque descubrió que moverse solo empeoraba las cosas.
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Capítulo 1: El chico que siempre miraba la puerta
Cuarto año.
En Hogwarts todos creían que Mattheo Riddle tenía la vida resuelta.
Dinero.
Influencia.
Un apellido que imponía respeto incluso entre los profesores.
Nadie imaginaba que apenas podía respirar cuando una puerta se cerraba demasiado fuerte.
Siempre elegía el asiento desde donde pudiera ver toda la habitación.
Nunca se sentaba de espaldas a una puerta.
Dormía con la varita debajo de la almohada.
Y si alguien lo tocaba por sorpresa…
Su cuerpo reaccionaba antes que su mente.
Una vez Theodore le dio una palmada en el hombro.
Mattheo levantó la varita en menos de un segundo.
Theo alcanzó a detener su brazo.
—¿Qué demonios te pasa?
Mattheo solo apartó la mirada y salió del aula sin responder.
Todos pensaron que era otro de sus arranques de arrogancia.
Todos…
Excepto una persona.
Maddy.
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Maddy había llegado a Hogwarts ese mismo año.
El Sombrero Seleccionador apenas había rozado su cabeza cuando gritó:
“Slytherin.”
Desde el primer día notó algo extraño en Mattheo.
No era su mirada fría.
Era todo lo contrario.
Era demasiado observador.
Como si siempre esperara que algo malo fuera a suceder.
Lo veía contar las salidas de cada salón.
Lo veía tensarse cuando alguien levantaba la voz.
Lo veía sobresaltarse cada vez que un libro caía al suelo.
Y una tarde, mientras todos abandonaban Historia de la Magia, Maddy caminó detrás de él sin hacer ruido.
Solo quería preguntarle algo.
Cuando estuvo a un paso…
Le tocó el hombro.
Mattheo giró con una velocidad aterradora.
Su varita apuntaba directamente al pecho de Maddy.
Ambos quedaron inmóviles.
El silencio pesó sobre el pasillo.
Mattheo bajó la varita de inmediato.
Su respiración era irregular.
—…Lo siento.
Fue la primera vez que alguien lo escuchó disculparse.
Maddy no respondió enseguida.
Solo observó sus manos.
Temblaban.
No de rabia.
De miedo.
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Aquella noche, Maddy no pudo dejar de pensar en él.
Porque nadie que disfrutara intimidar a los demás tenía esa expresión después de hacerlo.
Parecía…
Culpable.
Como si estuviera aterrado de sí mismo.
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Mientras tanto, Mattheo volvía a tener la misma pesadilla.
Una habitación.
Una silla.
El sonido de alguien rogando.
Un niño escondido bajo una mesa.
Y una voz grave diciendo:
“No mires.”
Siempre despertaba antes de recordar el final.
Empapado en sudor.
Con las uñas clavadas en las palmas.
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Los días comenzaron a empeorar.
Escuchaba pasos donde no había nadie.
Sentía que alguien caminaba detrás de él.
Y juraría haber visto a un niño parado al final del pasillo de las mazmorras.
Cuando corría hacia él…
Desaparecía.
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Una noche, una tormenta cubrió Hogwarts.
Un relámpago sacudió todo el castillo.
El estruendo fue suficiente.
Mattheo cayó de rodillas instintivamente.
Las manos sobre la cabeza.
Respiración acelerada.
—No… otra vez…
No se dio cuenta de que alguien lo había visto.
Maddy acababa de salir de la biblioteca cuando lo encontró en aquel estado.
No dijo una sola palabra.
No preguntó qué ocurría.
Simplemente dejó su libro en el suelo y se sentó a unos pasos de él.
Sin tocarlo.
Sin invadir su espacio.
Solo permaneció allí.
Después de varios minutos, Mattheo levantó lentamente la cabeza.
Esperaba encontrar lástima.
Curiosidad.
Miedo.
Pero Maddy solo lo miró con calma.
—No tienes que explicarme nada.
Aquellas palabras lo desconcertaron más que cualquier hechizo.
Porque toda su vida, cada vez que alguien descubría una grieta en él, intentaba usarla en su contra.
Ella no.
Y por primera vez en muchos años…
Mattheo sintió que alguien había visto al chico detrás del apellido Riddle.
Sin embargo, ninguno de los dos sabía que, desde una ventana del tercer piso, una figura los observaba inmóvil.
Al día siguiente, Maddy encontraría una nota dentro de uno de sus libros.
Solo tenía una frase escrita con una tinta tan oscura que parecía absorber la luz.
“Si sigues acercándote a él, descubrirás por qué los Riddle nunca escapan de su pasado.”
