El fútbol siempre había sido una parte importante de la historia de Raimon.
Pero esta vez, algo completamente ajeno al fútbol estaba a punto de caer en medio de ella.
Un extraño fenómeno temporal había ocurrido sin previo aviso. Cuando todo terminó, un muchacho apareció en una época que no conocía.
Su nombre era Haru Endou.
Eso era todo lo que podía recordar.
No sabía de dónde venía. No recordaba a su familia, su hogar ni las personas que alguna vez habían formado parte de su vida. Tampoco podía explicar cómo había llegado allí.
Sin embargo, había cosas que permanecían.
Su personalidad seguía intacta. Conservaba sus conocimientos cotidianos, sus habilidades y ciertos pequeños hábitos que realizaba sin pensar. Incluso su cuerpo parecía recordar cosas que su mente había olvidado.
Entre ellas estaba el fútbol.
Aunque Haru no recordaba haber jugado jamás, había algo extrañamente natural en sus movimientos cuando tenía un balón frente a él.
Por ahora, sin embargo, el fútbol no le interesaba demasiado.
Haru solo quería entender dónde estaba y descubrir qué había perdido.
Su búsqueda lo llevó hasta Raimon, donde terminó encontrándose con un grupo de jóvenes que jamás había visto antes.
Entre ellos estaba un chico particularmente enérgico.
Endou Mamoru.
Haru no sabía quién era.
No tenía ningún recuerdo relacionado con él.
Y, aun así, desde el primer momento en que lo vio, algo dentro de Haru reaccionó.
No era alegría.
No era tristeza.
Ni siquiera podía llamarlo confianza.
Era una sensación mucho más profunda y difícil de explicar.
Como reconocer una voz que nunca se había escuchado.
Como sentir que alguien era importante sin saber por qué.
Cada vez que Mamoru estaba cerca, aquella sensación regresaba.
Y Haru no entendía por qué.
Mientras tanto, Mamoru no tenía la menor idea de que el muchacho frente a él pertenecía a un futuro que todavía no existía.
Ni de que el nombre Endou escondía una verdad que ninguno de los dos estaba preparado para descubrir.
Por ahora, solo había un chico sin recuerdos...
un equipo de fútbol...
y un extraño sentimiento de familiaridad que el tiempo no había conseguido borrar.