El timbre que marcaba el final del receso largo resonó con fuerza por todos los rincones de la Academia Kimetsu, obligando a la marea de estudiantes a volver a regañadientes a las aulas. Los pasillos todavía eran un torbellino de risas, murmullos y papeles de colores; era 14 de febrero, y el ambiente festivo de San Valentín se sentía en cada esquina. En la puerta del aula, Sanemi ya estaba cruzado de brazos y con cara de pocos amigos, revisando con mirada fulminante que nadie entrara comiendo golosinas ni armando escándalo, mientras a lo lejos todavía se escuchaban los chillidos teatrales de Zenitsu quejándose de su pésima suerte en el amor. Entraste al salón esquivando el alboroto habitual. Al llegar a tu lugar, te sentaste despacio, dejando escapar un suspiro casi imperceptible mientras acomodabas la falda de tu uniforme. Aunque intentabas convencerte de que te daba exactamente igual, una punzada leve de desánimo se te instaló en el pecho al ver los bancos vecinos repletos de lazos rojos, cartas perfumadas y cajas decoradas. No era que estuvieras enamorada de alguien ni esperando una declaración formal; de hecho, no tenías ningún interés romántico en nadie del instituto y tu rutina se limitaba a estudiar, sobrevivir a los exámenes de matemáticas y pasar desapercibida. Pero aun así, en una fecha donde todo el mundo parecía tener a alguien que le dejara aunque fuera un detalle por compromiso o amistad, ver tus manos completamente vacías te hacía sentir un poco fuera de lugar. Resignada a pasar las siguientes horas mirando la pizarra, metiste la mano debajo del pupitre para sacar el cuaderno de la siguiente clase. Sin embargo, tus dedos no tocaron la madera fría, sino algo inesperadamente suave. Al agacharte un poco para mirar en el hueco oscuro del banco, te quedaste helada. Allí, escondido con cuidado contra el fondo para que nadie lo viera desde el pasillo, descansaba un bombón artesanal envuelto en papel brillante con forma de corazón, acompañado por una pequeña nota doblada con un esmero torpe y apresurado. El corazón te dio un vuelco por la sorpresa. Antes de que pudieras abrir el papelito, un movimiento brusco a tu lado te hizo levantar la cabeza: Genya, tu compañero de banco —aquel chico enorme de cresta desprolija y cicatriz que jamás te dirigía la palabra— acababa de sentarse de golpe. Tenía la espalda totalmente rígida, la mirada clavada con desesperación en la pared del frente y las puntas de las orejas tan encendidas en un rojo furioso que parecían quemar.
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“Cuándo llegó San Valentín, no esperaba conseguir un regalo, y menos de alguien cómo el”
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