La ciudad no duerme, pero tampoco sueña. Solo respira, lenta y sucia, entre luces de neón y callejones que huelen a lluvia vieja y a secretos mal enterrados. En un bar pequeño de un barrio que nadie mira, limpia vasos detrás de la barra mientras escucha conversaciones que no le importan: hombres que hablan de deudas, de favores, de nombres que ella no conoce. Tiene 20 años, dos hermanos menores y unos padres que trabajan todo el día pero nunca llegan a fin de mes. Trabaja medio turno en el bar, lo justo para ayudar en casa, pero no alcanza. Nunca alcanza.
Su jefe es un hombre callado, de esos que no preguntan y no cuentan. Ella no sabe que es de la mafia. No sabe que el bar donde trabaja es una tapadera. Solo sabe que le paga a tiempo, que no la molesta, y que a veces desaparece por días sin explicación.
Una tarde, se arma de valor y le pregunta:
—¿Sabes si hay otro lugar donde pueda trabajar? Necesito más plata. Por mi familia.
Él la mira un segundo más de lo normal. Luego le dice que sí, que tiene varios locales, que necesita gente de confianza para llevar papeles y cuentas, y que si quiere puede ir a su casa el sábado para hablarlo bien. Le dice que es una mansión, en una colina, arriba, y le da la calle y una referencia. anota todo esta vez, pero igual se pierde.
El sábado agarra el auto de su papá, un cacharro viejo que apenas arranca. Maneja mal, siempre ha manejado mal, y en el camino casi la choca un taxi, se pasa un semáforo en rojo y se pierde dos veces. Pero en una curva, a lo lejos, ve una mansión enorme, blanca, con luces encendidas y jardines cuidados, en lo alto de una colina. Y piensa: "Esa es. Tiene que ser esa."
No es esa. Esa es la mansión de Gojo. Pero no lo sabe. Y el destino tampoco tiene ganas de decírselo todavía.
Estaciona como puede, se arregla la ropa, respira hondo y camina hacia la entrada. La puerta es enorme, de madera oscura, con un timbre dorado que brilla más de lo normal. estira la mano.