La protagonista solo quiere una cosa: completar sus prácticas como fisioterapeuta en el equipo profesional de hockey más prestigioso de la liga y conseguir el puesto con el que siempre ha soñado. Trabajar con algunos de los mejores jugadores del mundo ya es bastante intimidante. En el hielo, Nathaniel es un líder nato: rápido, brillante y capaz de cambiar el rumbo de un partido en segundos. Fuera de él, sin embargo, es reservado, tímido y mucho más cómodo guardando silencio que siendo el centro de atención. Mientras todos ven a la estrella, la protagonista empieza a conocer al hombre que se esconde detrás de los titulares.
Lo que comienza con sesiones de fisioterapia, rehabilitación y largas horas en el gimnasio acaba convirtiéndose en una amistad inesperada. Pero cuando la presión de la temporada aumenta y los sentimientos empiezan a ser imposibles de ignorar, ambos deberán decidir si vale la pena arriesgar el sueño por el que tanto han luchado. Lizzie Parker llevaba exactamente cuarenta y siete minutos en las instalaciones del equipo de Chicago cuando comprendió que aquel lugar no tenía nada que ver con lo que había imaginado.
No por el tamaño del estadio, ni por las fotografías de jugadores legendarios colgadas en las paredes, ni por los cientos de personas que parecían saber exactamente qué hacer en cada momento. Era por la forma en la que todos hablaban de los jugadores. Como si no fueran personas, sino piezas fundamentales de una máquina que nunca podía detenerse.
Ella no estaba allí para admirar a nadie.
Estaba allí para aprender.
Con una carpeta llena de historiales médicos bajo el brazo y una lista de tareas que su supervisor le había dado esa mañana, Lizzie entró en la sala de fisioterapia justo cuando la puerta se abrió de golpe.
—Necesito hielo —dijo una voz masculina.
Lizzie levantó la mirada.
El hombre que tenía delante era alto, demasiado alto para que su primera impresión no fuera pensar que los jugadores de hockey parecían sacados de otra especie. Llevaba la camiseta de entrenamiento del equipo, el pelo oscuro despeinado y una expresión seria que, por un segundo, hizo que pareciera más intimidante de lo que probablemente pretendía.
Ella reconoció el apellido en la camiseta.
Brooks.
Nathaniel Brooks.
El capitán.
El prodigio del hockey.
La persona que todos en el edificio parecían conocer.
Lizzie volvió a mirar sus papeles.
—¿Para qué?
Él parpadeó.
—¿Perdón?
—El hielo. ¿Para qué lo necesitas?
Nathaniel pareció quedarse sin respuesta durante un instante.
No era la reacción que esperaba.
Normalmente, cuando alguien lo reconocía, venían las felicitaciones, las preguntas o ese pequeño cambio de actitud que había aprendido a ignorar con los años.
Pero aquella chica solo lo estaba evaluando como si fuera cualquier otro paciente.
—La rodilla —respondió finalmente—. Me molesta después del entrenamiento.
Lizzie dejó la carpeta sobre la mesa y se acercó.
—¿Desde cuándo?
—No es nada.
Ella levantó una ceja.
—Esa no era mi pregunta.
Por alguna razón, Nathaniel tuvo que contener una sonrisa.
No porque fuera gracioso que alguien le llevara la contraria. Eso ocurría constantemente. Sino porque ella parecía completamente ajena a quién tenía delante.
—Tres días.
Lizzie cruzó los brazos.
—¿Y has seguido entrenando tres días con dolor?
Silencio.
La respuesta estaba clara.
—Soy el capitán —dijo él, como si eso explicara todo.
—Y yo soy la persona que va a intentar evitar que acabes lesionándote más.
Nathaniel la miró por primera vez con verdadera atención.
No había admiración en sus ojos. Tampoco nerviosismo.
Solo concentración.
Lizzie se acercó a él y señaló la camilla.
—Siéntate.
Él obedeció.
Más tarde, Nathaniel no recordaría la conversación exacta, ni cada una de las preguntas que le hizo sobre el dolor. Pero sí recordaría una cosa: que durante veinte minutos, por primera vez en mucho tiempo, alguien no trató al capitán Brooks como una estrella.
Lo trató como a alguien que necesitaba ayuda.
Y Lizzie, aunque todavía no lo sabía, acababa de convertirse en la primera persona del equipo que veía a Nathaniel Brooks como algo más que un jugador de hockey. Es una historia de amor cocinada a fuego lento, con un héroe callado y protector, una protagonista brillante y decidida, mucha tensión romántica y el ambiente competitivo del hockey profesional.
La presión mediática sobre Nathaniel Brooks
Nathaniel Brooks no solo juega al hockey; vive bajo una lupa constante.
Desde que llegó a la liga profesional siendo muy joven, los medios lo convirtieron en una historia antes incluso de que él pudiera descubrir quién quería ser. Su talento lo hizo famoso rápidamente y, con el tiempo, su nombre empezó a significar mucho más que victorias sobre el hielo.
Para el público, Nathaniel es el capitán perfecto:
el prodigio que nunca falla; el líder tranquilo que mantiene al equipo unido; la futura leyenda del hockey de Chicago; la imagen que los patrocinadores quieren vender.
Pero esa imagen tiene un precio.
Los periodistas
Cada movimiento de Nathaniel puede convertirse en una noticia.
Los periodistas deportivos analizan:
si juega peor que en temporadas anteriores; si parece cansado; si está enfadado después de un partido; si habla demasiado poco en una entrevista; si una lesión puede afectar su rendimiento.
Un simple gesto puede interpretarse de mil maneras.
Si aparece serio después de una derrota, los titulares dicen que está frustrado con el equipo. Si no responde una pregunta, dicen que está distante. Si comete un error en un partido importante, no es solo un fallo: es una decepción pública.
La imagen del capitán
El equipo y los patrocinadores esperan que Nathaniel sea siempre impecable.
Debe:
dar las respuestas correctas en entrevistas; sonreír para las campañas publicitarias; asistir a eventos aunque esté agotado; comportarse como un ejemplo para los aficionados jóvenes; proteger la imagen del club.
Nathaniel siente que no puede permitirse ser simplemente un chico de 25 años que tiene un mal día.
Tiene que ser Nathaniel Brooks, el capitán.
La presión de las lesiones
Este es uno de los mayores conflictos de la historia.
Cuando Nathaniel se lesiona, la noticia no es solo:
"El capitán tiene una lesión."
La pregunta de todos es:
"¿Cuándo volverá a jugar?"
Los aficionados quieren verlo en el hielo. Los medios quieren una exclusiva. El equipo necesita victorias. Los patrocinadores necesitan que su estrella siga siendo visible.
Pero Lizzie ve algo que nadie más parece ver: un cuerpo que necesita tiempo para recuperarse.
Los rumores
Nathaniel también está acostumbrado a que su vida privada sea observada.
Los medios especulan sobre:
con quién sale; dónde aparece; quién está cerca de él; si una relación podría afectar a su rendimiento.
Por eso, cuando empieza a pasar más tiempo con Lizzie, el peligro no es solo emocional.
Una foto juntos podría convertirse en:
un rumor de romance; una noticia deportiva; una discusión dentro del equipo.
Y Lizzie, que todavía está intentando ganarse su lugar, podría quedar reducida a "la chica que sale con Nathaniel Brooks" en vez de ser reconocida por su propio trabajo.
