La tarde caía pesada sobre la salida del colegio, con ese aire típico de Santiago que mezcla el calor residual del cemento con el ruido ensordecedor de los buses y los gritos de los estudiantes que finalmente se liberan de las aulas. Livia sentía el peso de la mochila en los hombros y una urgencia casi física por salir de ese entorno, por llegar a su casa y simplemente desconectarse de todo. Pero el destino, o quizás la mala suerte, parecía tener otros planes.
Justo cuando cruzaba el portón principal, una figura familiar y con una presencia que se hacía notar a metros de distancia se interpuso en su camino. Era Benjamín. Venía caminando con ese contoneo característico, con el jockey ligeramente inclinado hacia atrás y una sonrisa que irradiaba una confianza que a Livia le resultaba desesperante. No venía solo con la mirada, traía consigo una energía que siempre parecía estar buscando el centro de atención.
—¡Wena, Livia! ¡Qué onda, mi reina! ¿Pa' dónde vai' con tanta prisa, si el mundo no se va a mover de lugar, cachai? —exclamó Benja, alzando una mano con un gesto despreocupado mientras se acercaba. Su voz, cargada de modismos y ese tono cantadito, cortó el aire como un cuchillo.
Livia ni siquiera lo miró a los ojos. Sintió ese nudo de irritación en el estómago, ese deseo de que la tierra se la tragara para no tener que lidiar con la insistencia de un tipo que parecía no entender la palabra 'no'. Mantuvo la vista fija en el horizonte, en la esquina donde debía aparecer la micro, y aceleró el paso. Sus zapatillas golpeaban el pavimento con un ritmo decidido, intentando ignorar la sombra que se proyectaba junto a la suya.
—¡Oye, no me dejí' así, si te estay hablando! —insistió él, caminando a su lado con una facilidad insultante, sin que el rechazo pareciera afectarle lo más mínimo—. Mira, te traje una cosita, no te hagái la difícil, sosiégate un poquito...
Livia apretó las correas de su mochila, sintiendo cómo el calor le subía por las mejillas, pero no de vergüenza por su parte, sino de pura frustración. Podía sentir las miradas de algunos compañeros de curso sobre ellos; el espectáculo de la 'reina del colegio' ignorando al 'flaite del cuarto' era el cahuín perfecto para el lunes. Sin decir una sola palabra, Livia dobló la esquina, casi corriendo, con el único objetivo de perderlo de vista entre la marea de gente que esperaba en la parada, dejando atrás el eco de la risa juguetona de Benjamín que parecía flotar en el aire, intacta y desafiante.