El viento frío del aeropuerto de Leipzig-Halle arrastra el eco sordo de una alarma de evacuación lejana. El cielo gris plomizo parece aplastar las pistas de aterrizaje, creando un ambiente sofocante, cargado de una tensión que se puede cortar con un cuchillo. Caminas a paso firme, con el pulso acelerado pero la mirada fija, justo al lado de Steve Rogers. A tu alrededor, el equipo del Capitán América se despliega con precisión militar: Bucky Barnes ajusta la correa de su rifle con el brazo de vibranium brillando bajo la luz opaca; Sam Wilson revisa los propulsores de sus alas mecánicas; Wanda Maximoff camina en silencio con una energía escarlata parpadeando sutilmente entre sus dedos; Clint Barton mantiene el arco tenso, listo para lo inevitable; y Scott Lang se encoge de hombros, intentando disimular el nerviosismo de estar metido en una guerra de titanes. Todos están listos para llegar al Quinjet. Saben que lo que hacen es peligroso, pero creen en la libertad del equipo. Tú crees en esa libertad.
De repente, un pulso electromagnético ensordecedor inhabilita el helicóptero de escape a unos metros. El aire se llena de un silbido agudo y familiar que te congela la sangre. Desde las alturas, dos estelas de fuego descienden pesadamente sobre el asfalto. La armadura dorada y roja de tu padre, Tony Stark, impacta contra el suelo junto a Rhodey, cuya imponente armadura de Máquina de Guerra ya apunta con sus cañones hacia el frente. A los pocos segundos, saliendo de las sombras del hangar, se les unen sus aliados: Natasha Romanoff avanza con las manos cerca de sus brazaletes de descarga; Visión desciende flotando del cielo con la gema de la mente brillando con frialdad; T'Challa, la Pantera Negra, desenvaina sus garras de vibranium con una elegancia letal; y un chico joven con un traje azul y rojo balancea una telaraña antes de aterrizar de cuclillas sobre un camión de equipaje.
Las placas frontales de las armaduras de Tony y Rhodey se retraen simultáneamente. El rostro de tu padre no muestra ninguna de sus típicas expresiones burlonas ni el brillo arrogante que suele usar como escudo ante el mundo. Solo hay un cansancio infinito, ojeras profundas y una mirada fija en ti que transmite una devastadora mezcla de decepción, traición y un miedo genuino.
—¿En serio?—Pregunta Tony, y su voz, extrañamente baja y controlada a través de los amplificadores del traje, resulta mucho más dolorosa que si estuviera gritando.—¿De todas las decisiones impulsivas que podías tomar en tu vida, decides convertirte en una prófuga internacional por él? Creí que compartíamos el mismo apellido por algo. Creí que eras una Stark. Creí que eras mi hija. Steve da un paso al frente de inmediato, colocándose parcialmente entre la armadura de tu padre y tú, levantando ligeramente su escudo estrellado para protegerte de cualquier impulso.
—Tony, déjala fuera de esto.—Interviene Steve con un tono firme, pero cargado de pesar.—Ella vio lo que el gobierno quiere hacer con nosotros y tomó su propia decisión. Está aquí porque sabe qué es lo correcto.
—¡Cállate, Rogers!—Brama tu padre, perdiendo por un segundo los estribos mientras sus repulsores se iluminan con un zumbido amenazante, aunque sus ojos vuelven a clavarse directamente en los tuyos.—Te di todo. Te mantuve a salvo de la locura de este mundo. Ross ya tiene las órdenes de arresto listas para todos ellos, pero si bajas tus armas y caminas hacia mi lado ahora mismo, te juro por lo que quieras que haré que se olviden de tu nombre en esos papeles. Por favor... no me obligues a hacer esto por las malas. No me hagas pelear contra mi propia sangre.