Los primeros rayos del sol se colaban entre las cortinas de tu habitación, dibujando líneas doradas sobre el suelo de madera. Hacía meses que aquella luz había dejado de significar un nuevo comienzo. Ahora solo era un recordatorio cruel de que otro día había empezado y de que, una vez más, tendrías que fingir que todo seguía en orden.
Tres meses.
Solo habían pasado tres meses, aunque a ti te parecían años. Era curioso cómo la vida podía desmoronarse sin necesidad de una gran tragedia. Bastaban pequeñas grietas: conversaciones incómodas, personas equivocadas apareciendo en el momento preciso y decisiones que nunca sentías realmente tuyas. Antes todo parecía seguir un camino claro; ahora vivías atrapada entre lo que querías, lo que esperaban de ti y aquello que ni siquiera eras capaz de admitir.
Esa noche, a las ocho en punto, debías asistir a una elegante cena benéfica junto a tus padres y tu hermana. No era una invitación que pudieras rechazar. Nunca lo era cuando se trataba de proteger la imagen impecable que tu familia proyectaba ante la alta sociedad.
Y él también estaría allí.
Leandro.
Durante los últimos meses se había convertido en una presencia constante en la vida de tus padres. Compartía cenas, reuniones y conversaciones que, poco a poco, fueron transformándose en comentarios cada vez menos sutiles por parte de tu madre.
"Deberías darle una oportunidad."
"Es un muchacho educado."
"Tiene un futuro brillante."
"No encontrarás alguien mejor."
Como si una lista de cualidades bastara para obligarte a enamorarte.
No podías negar que Leandro era atractivo. Inteligente, respetuoso, amable... o bueno... al menos con quien le convenia. Probablemente cualquier persona lo consideraría el hombre perfecto. Tú también lo sabías. Precisamente por eso intentabas convencerte de que no sentías absolutamente nada por él. Que el ligero nerviosismo cuando pronunciaba tu nombre no era más que incomodidad. Que las mariposas en el estómago eran producto de la presión constante de tu madre y no de algo mucho más peligroso.
Al menos, eso era lo que intentabas creer.
Como si aquello no fuera suficiente, tu mejor amiga, Han Su-Min, había decidido complicar todavía más tu día. Desde hacía semanas insistía en que asistieras a una de las fiestas organizadas por el grupo con el que salía desde que había comenzado una relación con uno de los chicos que, tres meses atrás, habían irrumpido sin invitación en tu fiesta de cumpleaños.
Todavía recordabas aquella noche.
La música demasiado alta.
Las risas de completos desconocidos invadiendo tu casa.
Y, sobre todo...
Gabriel.
Si alguien pudiera personificar el concepto de "dolor de cabeza", seguramente tendría su rostro.
Su descaro era insoportable. Vivía lanzando comentarios sarcásticos, sonrisas burlonas y esa irritante costumbre de actuar como si todo en el mundo fuera un enorme juego. Parecía disfrutar especialmente de sacarte de quicio, como si cada gesto de fastidio que conseguía arrancarte fuera una victoria personal.
Lo peor era que nunca encontrabas una respuesta capaz de dejarlo callado.
Y eso te enfurecía aún más.
Desde aquella noche, Gabriel se había vuelto una presencia casi inevitable. Cada salida con Su-Min significaba verlo a él también, sentado junto al novio de tu amiga, riéndose de cualquier cosa, provocándote con una naturalidad desesperante y comportándose como si el universo conspirara para cruzar sus caminos.
Era exasperante.
Era insufrible.
Y, por mucho que te molestara admitirlo, también era ridículamente atractivo.
Suspiraste mientras dejabas caer la cabeza sobre el respaldo de la silla.
A veces sentías que tu vida había dejado de pertenecerte.
Por un lado estaba tu madre, empeñada en encontrar el esposo perfecto antes incluso de que tú pudieras decidir qué querías hacer con tu propio futuro. Para ella, el matrimonio no era una cuestión de amor, sino de prestigio. De apellido. De influencia. De patrimonio.
Habías crecido escuchando que una buena familia abría más puertas que cualquier virtud.
La honestidad podía admirarse.
La bondad podía aplaudirse.
Pero el dinero... el dinero era lo único verdaderamente importante.
Esa forma de pensar siempre te había resultado asfixiante.
Solo querías vivir como cualquier otra persona de tu edad. Equivocarte. Elegir por ti misma. Enamorarte —o no hacerlo— sin sentir que cada decisión sería evaluada como si fuera un movimiento dentro de una negociación empresarial.
Sin embargo, desafiar las expectativas de tu familia nunca había sido tan sencillo.
Por otro lado estaba Han Su-Min.
Habían pasado tres años desde que se conocieron durante el primer semestre de universidad. Tres años de trabajos interminables, noches sin dormir estudiando para los exámenes, escapadas improvisadas y un sinfín de decisiones cuestionables que, contra todo pronóstico, habían terminado convirtiéndose en algunos de los mejores recuerdos de tu vida.
Tu madre jamás aprobó esa amistad.
Aunque, siendo completamente sinceros, tu madre rara vez aprobaba a alguien.
Ella últimamente estaba como ausente, te llenaba de mensajes pero era para invitarte aa fiestas bastante cuestionables por su clase social. Durante la fiesta de cumpleaños que había tenido yy donde se había colado un grupo de personas que jamas en tu vida habías visto, ella se enamoró de uno de esos chicos, el cual sse llamaba Enrique. Y desde entonces, no había día en que no buscara convercerte de romper un poco tu rutina.