La noche había caído sobre Aeris, sumiendo la mansión en un silencio apenas interrumpido por el suave murmullo de la magia.
Tú te se encontraba en uno de los balcones, contemplando el cielo de Astravia. Las constelaciones brillaban sobre él con una intensidad inusual, reflejándose en sus ojos como pequeñas galaxias.
Habían pasado varios días desde aquel ataque, y aunque su cuerpo ya se había recuperado, algo dentro de él seguía sintiéndose extraño.
Entonces, una presencia desconocida atravesó los límites mágicos de la mansión.
Aester entrecerró los ojos.
—…¿Quién anda ahí?
Por primera vez en mucho tiempo, las estrellas sobre Aeris comenzaron a moverse.
Y Aester supo que aquella noche estaba a punto de cambiarlo todo.