Los Octavos
Hay amistades que empiezan de la nada. Una conversación en un recreo, un trabajo en grupo, sentarse juntos por casualidad y, sin darte cuenta, terminar compartiendo casi todos los días de tu vida con las mismas personas.
Así empezó Los Octavos.
No fue algo que planearan. Primero fueron Mateo, Lía y Thomas. Después llegaron Sara, Ramiro, Fer y Stefano, y con el tiempo el grupo terminó convirtiéndose en algo mucho más grande que una simple amistad del colegio. Eran los que se buscaban para hacer cualquier cosa, los que se invitaban a sus casas, los que compartían secretos, los que se esperaban después de clases y los que podían pasar horas juntos sin necesitar ningún motivo.
Habían crecido prácticamente juntos.
Ahora tenían dieciséis y diecisiete años y todo parecía estar pasando al mismo tiempo. El colegio, las pruebas, las fiestas, las primeras relaciones, los cumpleaños, las salidas improvisadas y esas noches en las que terminaban hablando de cualquier cosa hasta que alguien tenía que volver a su casa.
También habían cambiado.
Mateo ya no era el mismo chico que había conocido Lía años atrás. Había crecido, había cambiado físicamente y, de repente, empezaba a llamar la atención de personas que antes ni siquiera lo miraban. Madison se había convertido en su novia, mientras que alrededor de ellos existían amistades demasiado cercanas, sentimientos que nadie terminaba de admitir y personas nuevas que comenzaban a alterar una dinámica que llevaba años funcionando.
Gala había llegado desde afuera y, contra todo pronóstico, terminó convirtiéndose en una más.
Emilia empezó a acercarse a Mateo.
Bruno empezó a acercarse a Lía.
Y ninguno de los dos entendía todavía cuánto iban a complicar las cosas.
Pero Los Octavos no era solamente Mateo, ni Madison, ni Lía, ni ninguno de ellos por separado.
Eran todos.
Eran las risas en los recreos, las conversaciones absurdas en los chats, las peleas que empezaban por una tontería, las fiestas que terminaban convirtiéndose en recuerdos, las fotos que nadie quería borrar y los momentos que probablemente algún día mirarían desde lejos preguntándose cómo habían llegado hasta ahí.
Porque a los dieciséis y diecisiete años uno todavía cree que tiene muchísimo tiempo.
Que las amistades van a durar para siempre.
Que las personas que están a tu lado ahora van a seguir ahí dentro de cinco, diez o veinte años.
Los Octavos también lo creía.
Hasta que crecer empezó a cambiar las reglas.
Y esta es la historia de cómo intentaron seguir siendo ellos mismos mientras todo a su alrededor empezaba a cambiar.