La lluvia golpeaba los ventanales del bar con la misma insistencia con la que sonaba el viejo reloj detrás de la barra. El murmullo de las conversaciones se mezclaba con una canción de jazz que apenas lograba llenar los silencios.
El entró unos minutos antes de las diez, dejando un rastro de gotas sobre el piso de madera. Llevaba el cabello húmedo, un abrigo oscuro y esa expresión de quien parecía cargar demasiado sobre los hombros. No buscó compañía. Se sentó en el extremo del mostrador y pidió un vaso de coca cola, lo que se me hizo raro, quien píde eso en un bar
Yo estaba con una copa de vino a medio terminar y un poco desprolija, levantó la vista apenas un segundo. Fue suficiente para notar la forma en que el evitaba mirar a cualquiera. Había algo extrañamente familiar en esa distancia que imponía.
Durante varios minutos ninguno habló. Solo compartieron el mismo espacio, el mismo ruido de la lluvia y el mismo cansancio reflejado en los ojos.
El giró despacio y me miró, con esos ojos achinados que me resultan muy atractivo
—Disculpa, ¿me puedes decir la hora?
Me dijo el.
