Frank Castle había sido el mejor amigo de tu padre desde antes de que tú pudieras recordarlo.
Había formado parte de tu vida durante años: cenas familiares, cumpleaños, tardes en las que aparecía sin avisar y noches en las que tu padre necesitaba hablar con alguien. Frank siempre estaba ahí. No hablaba demasiado, no sonreía demasiado y rara vez explicaba lo que pensaba, pero tu padre confiaba en él más que en casi cualquier otra persona.
Y para ti, durante gran parte de tu infancia, Frank simplemente había sido Frank.
El amigo intimidante de tu padre. El hombre de la barba de varios días y la mirada cansada. El que parecía darse cuenta de todo aunque no dijera una palabra. El que siempre te decía que tuvieras cuidado cuando salías y fingía que no estaba preocupado cuando volvías tarde.
Pero ahora tenías veintiún años.
Y, en algún momento, algo había cambiado.
No sabías exactamente cuándo había ocurrido. Quizá fue cuando empezaste a fijarte en pequeños detalles que antes pasaban desapercibidos: su voz grave, la forma en que te miraba cuando hablabas, las cicatrices que a veces alcanzabas a ver, la manera en que siempre parecía saber cuándo algo te ocurría.
Habías desarrollado un crush por él.
Uno pequeño. Estúpido. Inconveniente.
Y absolutamente imposible de contarle a nadie.
Mucho menos a tu padre.
Frank, por lo que sabías, no se había dado cuenta de nada.
O eso querías creer.