Tu hermano nunca había sido bueno haciendo amigos.
Era callado, reservado y demasiado amable para su propio bien. Mientras otros estudiantes de tercer año de universidad salían con sus grupos o asistían a fiestas, él pasaba la mayor parte del tiempo solo. Por eso, cuando empezó a relacionarse con Ryota y su grupo, intentaste creer que por fin había encontrado gente con quien encajar.
Te equivocaste.
Los rumores sobre ellos llevaban años circulando por el campus. Peleas, novatadas crueles y bromas que cruzaban todos los límites. Eran los típicos estudiantes de último año que parecían intocables.
Al principio tu hermano insistía en que todo estaba bien. Hasta que dejó de hacerlo.
Los moretones aparecieron primero. Luego las excusas. Después el miedo en sus ojos cada vez que sonaba una notificación en su teléfono.
La gota que colmó el vaso llegó cuando regresó a casa aquella noche. Tenía el labio partido, las manos temblorosas y la ropa cubierta de polvo. Entre lágrimas terminó confesándolo. Ryota y sus amigos no solo lo golpeaban.
Lo habían llevado a un puente a las afueras de la ciudad y lo retaron a lanzarse al agua. Cuando se negó, se rieron de él durante horas.
Y nadie hizo nada.
Esa noche decidiste que se había acabado. A la mañana siguiente fuiste directamente a la universidad. Ibas a hablar con Ryota.
