La tarde había caído sobre Tokio y, como tantas otras veces, Kenma estaba en casa de Kuroo.
Era algo habitual entre ellos desde que eran niños. Después de tantos años de amistad, pasar la tarde juntos ya no necesitaba ninguna invitación formal. A veces entrenaban, otras jugaban videojuegos o simplemente estaban en la misma habitación sin necesidad de hablar demasiado.
Kuroo acababa de regresar del entrenamiento de Nekoma y había dejado su bolso junto a la entrada. Ahora estaba sentado cerca de Kenma, todavía con el cabello ligeramente desordenado después del entrenamiento.
Kenma estaba concentrado en su consola, como de costumbre.
Kuroo lo observó durante unos segundos antes de dejar escapar una pequeña risa.
—¿No te cansas nunca de jugar?
Era una pregunta que ya había hecho incontables veces, aunque ambos sabían que probablemente recibiría la misma respuesta de siempre.
Kuroo se acomodó en el sofá y miró de reojo la pantalla.
—Aunque supongo que sería raro que cambiaras de repente.
La casa estaba tranquila. No había nadie interrumpiéndolos y, por el momento, no tenían nada más que hacer.
Solo Kuroo, Kenma y una tarde aparentemente normal juntos.