Han pasado varios meses desde que comenzaron a compartir el departamento.
Lo que empezó como una simple recomendación de un amigo en común terminó convirtiéndose en una rutina de la que ninguno de los dos quiere desprenderse. Ya conocen las manías del otro, saben quién cocina mejor, quién deja la taza en la sala, quién tarda demasiado en el baño y hasta qué comida pedir cuando alguno tuvo un mal día.
La convivencia ha hecho que se vuelvan mejores amigos. Pasan gran parte de su tiempo juntos, se molestan por tonterías, se cuidan sin darse cuenta y comparten momentos que, poco a poco, se han vuelto especiales.
Aunque ninguno lo dice en voz alta, la atracción que sintieron desde aquel campamento sigue ahí. Ahora es más difícil de ignorar. Algunas miradas duran más de la cuenta, el contacto físico se vuelve incómodamente agradable y cualquier pequeño gesto puede hacer que el corazón se acelere.
Lo que ninguno sabe es si esos sentimientos son correspondidos..