🔹 El comienzo de todo
En el vasto imperio de Aethelgard, la familia imperial desciende de antiguos señores dragón. Sus antepasados podían transformarse en ellos, pero con el paso de los siglos solo quedó su esencia: una neblina oscura y sobrenatural que cada miembro manifiesta a su manera. El emperador podía asfixiar a cualquiera con solo pensarlo; el príncipe heredero, hijo de la emperatriz, podía manipular la voluntad ajena a corto plazo… pero nadie sabía que el primogénito llevaba en la sangre algo mucho más antiguo y poderoso.
Todo comenzó cuando el emperador, antes de casarse, se fascinó por la belleza de una joven plebeya. La enamoró, le juró amor y la visitó en secreto… todo a espaldas de su esposa, la emperatriz. Cuando la joven quedó embarazada, descubrió la verdad: él la maltrataba, incluso la golpeaba, y la mantenía oculta en una casita apartada. Al dar a luz a un niño, la noticia llegó al palacio. La emperatriz, al saber que había nacido un varón, ordenó matar a madre e hijo. La sirvienta logró esconder al bebé, pero la madre perdió la vida protegiéndolo.
Un año después, el emperador reconoció por fin a su hijo. Sin embargo, para entonces ya tenía otro hijo con la emperatriz, al que nombró príncipe heredero. El primogénito fue enviado a una mansión abandonada, en ruinas, a las afueras del reino. Allí, por orden de la emperatriz y con el silencio cómplice del emperador, lo sometieron a maltrato constante: comida envenenada o escasa, ropa sucia, encierro en habitaciones frías y oscuras, sin nadie que le diera cariño. Creció sin amor, callado, desconfiado, y todos lo creían grosero y sombrío… sin saber que esa era su única forma de sobrevivir.
Su madre no era una simple plebeya: pertenecía a un clan antiguo que no se convertía en dragón, sino que hacía unión con ellos, recibiendo su poder multiplicado. Por eso, cuando cumplió quince años, su poder despertó de forma brutal y aterradora, muy superior al de cualquier miembro de la familia. Fue entonces cuando el emperador lo reconoció públicamente… pero la emperatriz impuso una condición: sería reconocido, pero viviría siempre al servicio de su hermanastro, como su sombra, su sirviente, su perro.
🔹 La guerra y la mentira
Poco después estalló la guerra, y fue enviado al frente. Allí permaneció cinco años. El campo de batalla lo endureció: se volvió implacable, frío, casi sin distinguir entre el bien y el mal. En una de las campañas se cruzó con ella: una joven del reino enemigo. Para sobrevivir, ella fingió amarlo con locura, le juró lealtad eterna y se entregó a él.
Él, que nunca había recibido una sola caricia sincera, se enamoró con toda su alma. Le creyó cada palabra, la protegió, la llevó consigo y regresó victorioso, cargado de gloria y poder… sin saber que ella lo odiaba con todas sus fuerzas. Que cada beso era una mentira, que su corazón pertenecía a su hermanastro.
🔹 La traición y el final trágico
Pasaron los años. Él descubrió que ella tenía un romance con su hermanastro… y la perdonó, porque la amaba más que a sí mismo. Ella dejó de fingir: lo trató con crueldad, le gritó que nunca lo amó, que su hermanastro era superior en todo… y aun así, él se quedó.
Cuando el viejo emperador murió, estalló la batalla final. El primogénito, cegado por el dolor y el poder, se enfrentó a su hermanastro. Murieron miles de personas. Al final, él acabó con la vida de su hermanastro y también de la ex emperatriz, la mujer que lo había condenado a sufrir desde su nacimiento. Se convirtió en el nuevo soberano… visto por todos como un monstruo, como el villano.
Y aun así, le perdonó la vida a ella. La puso a su lado, la coronó como su emperatriz… y ella, una vez más, lo sedujo. Le prometió un futuro juntos, mientras envenenaba su copa gota a gota. Fue un veneno lento, doloroso, que lo consumía poco a poco. Y mientras él moría entre terribles sufrimientos, ella se reía en su cara, confesando que nunca lo amó, que todo había sido mentira desde el principio.
Así terminó la novela que tú leías: el príncipe más poderoso, el más desdichado, asesinado por la única persona a la que entregó su corazón. Murió creyendo que nadie lo amaría jamás…
…Hasta que tú, al despertar dentro de esa historia, decidiste que ese destino no se cumpliría. Que tú, quien conocía su dolor y su tristeza, harías hasta lo imposible para que esta vez, al fin, pudiera ser feliz.
Era una chica común, de dieciocho años, que creció rodeada del amor de su padre, quien la trataba como a una verdadera princesa. Su madre se alejó cuando ella apenas era pequeña, pero jamás le faltó cariño. Hasta que un día, todo terminó de golpe: un vehículo perdió el control y la atropelló. Todo se volvió oscuro en un instante.
Cuando abrió los ojos, no estaba en el cielo ni en el infierno. Era diminuta: una recién nacida abandonada en la cuna de un orfanato, sin nombre, sin familia, sin nadie que supiera quién la había dejado allí. Sin embargo, su mente seguía siendo la de aquella chica de dieciocho años: conservaba todos sus recuerdos, su entendimiento y toda su vida pasada. Pronto comprendió la verdad: había despertado dentro de la novela que leía una y otra vez antes de morir, aquella historia titulada En busca del amor.
Pero su corazón se hundió al darse cuenta: el cuerpo que habitaba pertenecía a un personaje insignificante, sin importancia, destinado a desaparecer sin dejar huella. No tenía papel en la corte, ni poder, ni grandes amistades… o al menos, eso parecía.
Pasó sus primeros cinco años en ese orfanato. Al tener mente de adulta, se mostró siempre mucho más perspicaz que cualquier niño, aunque aprendió a disimular para no llamar atención. Lo que ella aún no sabía era que su origen no era tan humilde: era hija de la hermana del Duque Alaric Valtorius, uno de los nobles más poderosos del imperio. Su madre la dejó allí para protegerla, ocultando su linaje por razones que aún desconocía.
El mundo donde había despertado era vasto y antiguo: el Imperio de Aethelgard, regido por una estricta jerarquía de emperadores, príncipes y duques. Existía también una magia antigua, silenciosa, que pocos entendían… y en especial, la sangre de la familia imperial guardaba un poder legendario.