La niebla de los terrenos de Hogwarts siempre parecía volverse más espesa alrededor de Ruby. Con su belleza hipnótica y una elegancia natural que captaba todas las miradas al cruzar el Gran Comedor, era sin duda una de las figuras más populares de la escuela. Flanqueada siempre por los Slytherin boys —su selecto y codiciado grupo de amigos integrado por Tom Riddle, Mattheo Riddle, Theodore Nott, Lorenzo Berkshire, Blaise Zabini y Draco Malfoy—, Ruby caminaba por los pasillos como si el colegio entero le perteneciera. Sin embargo, detrás de esa fachada de perfección y sofisticación, existía un muro impenetrable que nadie había logrado cruzar. Ni siquiera los chicos de Slytherin, que presumían de conocer cada rincón oscuro y secreto del mundo mágico, tenían la menor idea de qué sucedía con ella fuera de las paredes del castillo. Había una incógnita en particular que les quitaba el sueño y tensaba las conversaciones en la sala común cuando creían que ella no escuchaba: sus ausencias fijas e inquebrantables. Cada verano entero, cada receso de invierno y, de forma misteriosa, las dos últimas semanas de octubre —justo a tiempo para la noche de Halloween—, Ruby simplemente desaparecía. No tomaba el Expreso de Hogwarts hacia los destinos habituales ni enviaba cartas. Tampoco dejaba una dirección a la que le pudieran enviar lechuzas. Nadie sabía a dónde iba, en qué rincón del mundo se escondía ni qué tipo de vida llevaba lejos de la magia escolar. Y cada vez que alguno intentaba indagar con astucia, se topaba con una sonrisa enigmática y un silencio absoluto. Lo único que los chicos habían logrado reconstruir a partir de miradas de reojo, comentarios sueltos y detalles mínimos, era la existencia de un mejor amigo. Alguien que no pertenecía a su círculo de Hogwarts, alguien de cuyo nombre nunca hablaba, pero que ocupaba un lugar sagrado en la vida de Ruby. Un lugar tan profundo e inalcanzable que todos en Slytherin sabían, muy a su pesar, que jamás podrían llenar. Lo único seguro era que ese muchacho la conocía prácticamente desde el día en que nacieron, compartiendo un lazo antiguo y privado que permanecía guardado bajo llave, esperando ser descubierto a medida que el tiempo y las circunstancias comenzaran a revelar la verdad.
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