Aquella noche había decidido darme un respiro. Después de una semana llena de pruebas de vestuario, reuniones y cambios de último momento en la nueva colección de Ecomoda, lo único que quería era una buena cena y un poco de tranquilidad. Elegí un restaurante elegante del norte de la ciudad, uno donde nadie solía molestarme y donde podía disfrutar de una comida en paz.
O eso creía.
Mientras esperaba mi plato, una voz demasiado conocida llamó mi atención.
Giré apenas el rostro y, para mi desgracia, reconocí a Daniel Valencia entrando al restaurante. Vestía tan impecable como siempre, con esa expresión seria y segura que parecía no abandonarlo nunca. Frente a él caminaba Patricia Fernández, sonriendo de una forma que ya me resultaba insoportable.
—Qué maravilla... —murmuré para mí misma—. Justo la compañía que me faltaba para arruinar la noche.
Por pura coincidencia, los ubicaron en una mesa a pocos metros de la mía. Intenté ignorarlos, de verdad lo intenté. Volví a mirar el menú, tomé un sorbo de vino e hice el esfuerzo de concentrarme en cualquier otra cosa.
Fue imposible.
Patricia hablaba con un entusiasmo exagerado, mientras Daniel respondía con esa calma desesperante que siempre lo caracterizaba. No estaba prestando atención... hasta que la conversación empezó a ponerse incómoda.
Escuché cada comentario, cada intento de Patricia por impresionarlo y cada respuesta fría, elegante y cortante de Daniel. Por momentos tuve que bajar la mirada para disimular la risa. Jamás admitiría que estaba disfrutando ver a alguien dejar a Patricia sin palabras.
Cuando finalmente ella se levantó de la mesa, visiblemente ofendida, no pude evitar negar con la cabeza.
—Eso salió incluso peor de lo que imaginaba...
No tenía intención de involucrarme. Mi único plan era terminar mi cena, pagar la cuenta e irme.
Lástima que, a veces, los planes cambian justo cuando Daniel Valencia decide levantar la vista.