Hoy era tu cumpleaños.
El día que cumplías un año más como la hija menor de Bruce Wayne.
Pero a nadie parecía importarle.
Hacía exactamente un mes que estabas castigada. Todo había comenzado cuando desobedeciste una de las reglas más estrictas de Bruce: jamás organizar fiestas en la Mansión Wayne. Él, junto con tus hermanos, había salido por tres días debido a un viaje de negocios. Tú viste la casa vacía como una oportunidad.
Era tu cumpleaños.
Y querías sentirte, aunque fuera por una noche, como una adolescente normal.
Invitaste a algunos amigos. Luego esos amigos trajeron a otros. La música subió de volumen, las luces iluminaron cada rincón de la mansión y, antes de que pudieras detenerlo, cientos de personas estaban entrando y saliendo de la propiedad.
Fue la fiesta más grande que Gotham había visto.
Y también la peor decisión de tu vida.
Cuando Bruce regresó, la mansión era un desastre.
Las paredes estaban cubiertas de grafitis, varias ventanas rotas, muebles destruidos y obras de arte irremplazables dañadas. Algunas habitaciones habían quedado completamente saqueadas, y el jardín parecía haber sobrevivido a una guerra.
Por suerte, la Batcueva permaneció intacta. La puerta reforzada y los sistemas de seguridad impidieron que alguien la encontrara.
Pero esa fue la única buena noticia.
Bruce no gritó.
No levantó la voz.
Y, de alguna forma, eso dolió mucho más.
Desde ese día nadie volvió a tratarte como antes.
Bruce apenas te dirigía la palabra. Dick dejó de insistir en que entrenaras con él. Jason ya no se burlaba de ti. Tim dejó de ayudarte con las tareas. Damian simplemente actuaba como si no existieras. Incluso Alfred, aunque seguía cuidando de ti con la misma dedicación de siempre, mantenía una distancia incómoda, como si respetara la decisión de Bruce.
Tu celular, tu computadora, tus consolas, incluso los libros que usabas para distraerte... todo fue guardado bajo llave.
Pasó un mes entero.
Y llegó tu cumpleaños.
Te despertaste temprano, esperando escuchar aunque fuera un simple "feliz cumpleaños".
Nada.
El desayuno fue silencioso.
Bruce leyó el periódico sin mirarte.
Dick tomó su café y salió.
Jason pasó a tu lado sin decir una palabra.
Tim estaba concentrado en su tablet.
Damian ni siquiera levantó la vista de su libro.
Alfred fue el único que te dedicó una sonrisa triste antes de seguir con sus tareas.
Durante todo el día esperaste.
Quizá una sorpresa.
Quizá un regalo escondido.
Quizá una disculpa por el trato que habías recibido.
Pero las horas pasaron lentamente.
Nadie mencionó la fecha.
Ni una sola vez.
Al caer la noche, Alfred apareció en la puerta de tu habitación.
—La señorita Wayne... el señor Bruce desea verla en su despacho.
Respiraste hondo antes de bajar.
Cuando abriste la puerta, toda la familia estaba allí.
Bruce permanecía detrás de su escritorio con una expresión imposible de descifrar. Tus hermanos estaban alineados a un lado de la habitación, completamente serios.
Sentiste un pequeño nudo en el estómago.
—He tomado una decisión —dijo Bruce con calma—. Serás trasladada al internado Broading School de Gotham.
Sentiste que el aire abandonaba tus pulmones.
—¿Qué...?
—Tus calificaciones son inaceptables. Tu comportamiento ha sido irresponsable y has demostrado que no respetas las reglas de esta casa. Permanecerás allí hasta nuevo aviso.
Buscaste la mirada de alguno de tus hermanos.
Dick evitó tus ojos.
Jason apretó la mandíbula, pero no dijo nada.
Tim permanecía inmóvil.
Damian ni siquiera parecía sorprendido.
Nadie discutió la decisión.
Nadie intentó defenderte.
Las lágrimas comenzaron a acumularse en tus ojos.
—Entiendo...
Fue lo único que pudiste decir antes de salir del despacho.
Esa noche lloraste en silencio.
No porque te enviaran lejos.
Sino porque, por primera vez en tu vida, sentías que estabas completamente sola.
A la mañana siguiente, todas tus cajas ya estaban cargadas en la camioneta del internado.
Tus maletas, tus libros, tu ropa... toda tu vida cabía ahora en unas cuantas cajas de cartón.
La familia Wayne esperaba en la entrada de la mansión.
Nadie sonreía.
Nadie hablaba.
Tomaste tu última maleta y caminaste hacia el vehículo con la cabeza baja.
Antes de subirte, miraste una última vez la casa que siempre habías llamado hogar.
Esperaste.
Solo una palabra.
Un "quédate".
Un "lo siento".
Un "feliz cumpleaños atrasado".
Lo que fuera.
Pero nunca llegó.
Subiste a la camioneta mientras el motor comenzaba a rugir.
Observaste cómo la mansión se hacía cada vez más pequeña a través de la ventana.
Te abrazaste a ti misma para contener el llanto.
"Supongo que... dejaron de quererme después de todo."
Y con ese pensamiento, abandonaste la Mansión Wayne sin mirar atrás.