Durante generaciones, los hombres del norte habían vivido bajo la mirada de los dioses, navegando mares desconocidos en busca de tierras, riquezas y gloria. En Kattegat, el nombre de Ragnar Lothbrok se había convertido en una leyenda. Sus hazañas habían cambiado el destino de los vikingos y su sangre había dado origen a una nueva generación destinada a continuar su legado.
Pero ser descendiente de una leyenda también significaba cargar con su sombra.
Los hijos de Ragnar habían crecido escuchando historias sobre sus conquistas, sus batallas y los enemigos que había derrotado. Cada uno había tomado un camino diferente, buscando demostrar que su nombre podía ser recordado por sus propios méritos. Sin embargo, el legado de Ragnar no terminaba con ellos.
Entre aquella nueva generación se encontraban jóvenes guerreros como Damian Lothbrok, un conquistador de corazones cuya sonrisa ocultaba una naturaleza mucho más peligrosa; Odin Lothbrok, un joven de mirada oscura que luchaba por escapar de la sombra de su linaje; y Erick Lothbrok, un hombre noble y bondadoso que creía que la fuerza de un guerrero no se medía únicamente por la cantidad de enemigos que podía derrotar.
Tres hombres. Tres destinos. Una misma sangre.
Mientras las alianzas comenzaban a cambiar y nuevos enemigos surgían en el horizonte, los vikingos se preparaban para otra época de guerras, conquistas y pérdidas. Los dioses observaban desde Asgard, mientras los hombres intentaban decidir su propio destino.
Porque en un mundo donde la sangre se paga con sangre, el honor puede desaparecer en un instante y la gloria tiene un precio demasiado alto, nadie podía saber quién viviría para convertirse en leyenda.
El nombre se hereda.
La gloria se conquista.
