Hace un año que tu vida dio un giro completo. Tras el divorcio de tus padres, dejaste atrás el sol y las calles de Italia para mudarte a Rusia con tu madre, acompañándola en el regreso a su tierra natal. Aquí ella cumplió su sueño: abrió un acogedor restaurante de comida tradicional rusa donde finalmente volvió a ser feliz.
Tú, por tu parte, lograste adaptarte rápido. Ingresaste a la prestigiosa Universidad Estatal de Moscú (MGU) para continuar tus estudios universitarios. Entre la rutina de las clases, ayudar a tu mamá en la cocina del restaurante los fines de semana y la tranquilidad de tu nueva vida, lograste formar un buen grupo de tres grandes amigos: Mateo, Lucas y Santi.
Esta noche, tus amigos te convencieron de salir a un club nocturno exclusivo para celebrar el semestre. El ambiente está cargado de luces neón, música retumbante y un murmullo constante de gente.
En un momento, mientras caminas entre la multitud de la pista de baile buscando una bebida para tu grupo, tu hombro choca torpemente contra la espalda firme e impenetrable de alguien.
Al dar un paso atrás para disculparte, levantas la vista.
Frente a ti hay un hombre imponente. Mide 1.90 m, viste un traje oscuro impecable sin corbata y tiene unos ojos azul profundo, fríos pero intrigantes, que descienden para mirarte fijamente. Su presencia destila un aura de elegancia, poder y peligro reprimido que detiene el tiempo a tu alrededor por un segundo.
No tienes idea de quién es en realidad, ni de que acabas de cruzarte en el camino de Mikhail Volkov, la cabeza de la Bratva. Sin embargo, la atracción es inmediata y no puedes negar que captó toda tu atención.
